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martes, 24 de julio de 2007

Ni renuncio, ni me renuncian

Son falsos todos los rumores. Yo no renuncio. Mi decisión es, además, realmente irrevocable. Mi contrato no está en discusión y eso que mis condiciones laborales no son las que más me benefician, pero eso lo discuto personalmente con los patrones. No acepto presiones de ningún tipo. No renuncio.

Mi empeño por seguir ofreciendo los mejores años de vida a esta empresa no está en duda. Acá sigo. Ni que me boten me voy. Que tomen mi actitud como mejor les parezca. Que me abran expediente por desacato, que me pasen un memo, que hagan lo que les dé la gana.

No creo en sindicatos, ni en huelgas, ni en presiones de arriba. No puedo renunciar a lo que me gusta. No me voy. Renunciar sería lo más fácil. Ese atajo de tierra ya lo conozco. Sé como aburre. Por ahí no me meto.

Si la empresa quiebra, si se termina el parmesano, si nadie nunca más entra por la puerta giratoria, aun así, sigo apostando por esto. Yo no seré el que apague el horno. Mientras pueda seguir aportando algo de sazón para la salsa, este pasticho no se queda frío.

Está de más la invitación a que la gente de la cocina meta mano, a que pongan el caldo morao. Cada uno con su estilo, con sus lapsos, a su manera. Yo no me desespero. Sé que andan por ahí.

En fin, acá estoy para reportarme, para anunciar el fin de mis días sabáticos.

Aprovecho, también, cómo no, para agradecer las vacaciones remuneradas.


elchamodel114

jueves, 3 de mayo de 2007

Hombres trabajando: pasticho de crepes bacanas

Quisiera cocinar bonito con palabras como el resto de los pasticheros, pero no se puede cuando el chef apremia y uno, el pelapatatas, llega tarde por ver una película del festival de cine francés y se la trae en la boca para hablar.

Es una interesante receta la que se han armado con Hombres Trabajando, o Travaux on sait quand ça commence..., para las hermosas chicas que van al festival a recordar los escenarios que alguna vez pasearon.

No los voy a marear, porque basta con el aroma de esta receta. Una abogada defensora de los inmigrantes, trabaja con refugiados africanos y decide, para alejar a un hombre realmente pesado y hogroroso, reacondicionar su apartamento. Así, en obras, con una vida en obras, se reconstruye una mujer plena, con hijos adolescentes, una madre medio loca y criada asiática.
¿Quiénes son los obreros? Us, pues unos paisas, hermano, que vienen a ponerle música al ritmo de chapucerías y desastres de albañil. Así la casa se llena de colombianos, marroquíes y un italiano con aires de artista de azulejos.

Es Murphy liado con caos para pervertir toda la normalidad. Es una cumbia ruda en pleno centro de París, donde los contrapuntos nos brindan una Europa cada vez más mixta y de mil idiomas. Un continente que quiéralo o no, dejó atrás los feudos y las identidades nacionales para fundirse en colores. El guión da el compás con el que no puedes entender a uno sin el otro. La resignación de la miseria africana da paso al jolgorio latino de obreros que le ahorran la mitad del trabajo a los subtituladores y mentan madre como hijo de vecino mientras martillan la vida de la mujer perfecta, de la jefecita madame.

Carole Bouquet, la hermosa actriz que baila al dar argumentos ante las autoridades, debe tragar fuerte y resistir el hecho de quedarse sin paredes ni techos ni cocina. Suerte de terpsícores en cuerpo de abogada, nos baila un tap, canta hip hop o es romántica odalisca que termina con un pedestal de cemento fresco bajo los pies. Exitosa solitaria, como todas las que desean serlo. Apegada a la causa social de los inmigrantes en una Francia convulsa.

Ver la película a través de sus ojos no resulta igual que verla desde el espectador latino, el sabrosón como uno que sí entiende cuando los obreros bailan salsa brava, o se recorre París con una bachata de Juan Luis Guerra en el radio del coche (mon amour, quisiera ser un pez para tocar mi nariz en tu pecera...), o mejor aún, vemos a los inmigrantes africanos acumulados y escondidos en sótanos y en español se escucha de fondo esa canción de las venas: "En los años mil seiscientos, cuando el tirano mandó...".

Ese cruzado de culturas es la película hombres trabajando. Un ex sicario que se hace llamar Betamax y enseña a bailar a la francesita. Un ex guerrillero que cambia la bandeja paisa por la baguette. Un guión asfixiante en lo hilarante y lo caótico. Con su toque de santería y rituales de pollo. Un negro bien vestido para evitar que la inmigración le pida papeles y lo eche sin remordimientos. Una nueva vida para todos.

Al final, una casa grande como el corazón del país receptor en ojos del expatriado. Una buena película para recomendar en estos días de Festival.