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domingo, 3 de junio de 2007

Pequeñas cosas que mi abuela no debe leer


Capítulo 3
Mi amiga Zafiro

Hay una luz que la arropa y ella hace lo propio con un tubo recién cromado que apunta a las nubes dibujadas en el techo. La cadencia de Zafiro puede cautivar a cualquiera. Tiene dominio de todos sus músculos y se nota desde donde estoy sentado. Con sus ojos grandes y su melena rebelde es el centro de atracción de todo el local. La gente le grita, los viejos le dan plata y yo la miro y rindo el trago, porque no hay dinero para otro más. Hay noches en las que prefiere usar la calle para estar de tú a tú con el soberano sin que ningún chulo se interponga. Zafiro es una buena mujer, pero sus ex maridos han sido malos y de eso hemos hablado hasta que se hace de día, porque puedo decir que si algo sabe hacer bien mi amiga Zafiro es hablar y, cómo no, escuchar. Es discreta y la confidente ideal. A mi me encanta charlar por horas con ella, porque de alguna forma también me gusta, como a ella, ver a los ojos. Nunca me dio pena sentarme a su lado y tratarla como se merece, como a una buena mujer. Una madre/hembra, que trabaja y se desvela y habla tan bonito de su carajito que cualquier guarapo se pone aguado. Nunca quise subir a la pieza con ella por temor a enamorarme. Es mejor seguir como amigos y no mezclar las cosas. Quién me aguanta después, enamorado de Zafiro, entrando al local a buscarla para contarle ligero del guayabo que llevo por su culpa.

Próximo capítulo: La identidad de d-mat.

lunes, 30 de abril de 2007

Grabado en piedra



Difícilmente sabrán de celulares, computadoras ni dvd’s. Para eso no están allí. No nos acompañan a rumbear, pero tampoco nos exigen hora de regreso. Mientras en casa papá y mamá nos dejaban sin ver televisión o nos quitaban las salidas de los fines de semana, ellos querían mimarnos hasta que nos quedáramos dormidos.
Cuando no sabemos a quién confesarle que nos rasparon Matemática, cuando sólo queremos hablar con alguien porque estamos solos. Allí están… bañados por el día a día, por el peso de los años que les hace caminar cabizbajos, que les oprime la cara y les arruga la tez. Nos miran con ternura detrás de sus lentes inmensos, y nos acarician con las manos ásperas de tanto trabajar por decenios. Reconocemos quiénes son, y nos reconocemos en ellos. Huelen a tiempo, a historia. Son sinónimo de sabiduría. Les encanta echar cuentos y rememorar las rudezas del vivir que, con sacrificio, consiguieron superar. Salieron de la guerra, de sus pueblos recónditos, estudiaron hasta la primaria y lucharon. Ellos son los dueños del tiempo, y también de nosotros. Además, tienen un don para grabar, profundamente, en piedra; mientras nuestros padres lo hacen en madera. Hoy miro sus fotos en blanco y negro y pienso en lo que dirán mis nietos algún día. Después de años, decidí dar gracias a todos los abuelos.